domingo, 5 de julio de 2015

30 horas de parto y buenas vistas al Big Ben

A las 11 rompí aguas y a las 13.00 estaba en el hospital. Al decir que había roto aguas sucias, me miraron enseguida. Estuve esperando un par de horas antes de que me llevaran a mi habitación, y cuando entré por la puerta, aluciné. Nuestra ventana estaba en frente del Big Ben. Me encantaban las vistas. Era maravilloso. 

 

Las contracciones no llegaron hasta la tarde. El dolor empezó a intensificarse, yo sentía que no podía más y todavía me quedaban muchas horas por delante. En las clases a la preparación  al parto nos dijeron de las alternativas a la epidural que había. Entre otras nos explicaron el uso de la morfina y del gas. Cuando lo escuché por primera vez pensé : “estos ingleses están muy locos”. Además, una de las contraindicaciones es que puede afectar directamente al bebé y dejarlo adormecido. 

 

Mucho podía opinar al respecto, pero cuando sentía que me iba a romper en dos y me ofrecieron morfina, no dudé ni un segundo. No pensé en todo lo que habíamos hablado, no recordé nada de lo que me dijeron en las clases.

Me pusieron morfina dos veces, y la segunda vez, antes de ponérmela,  la enfermera me dijo que ya no iba a poder ponerme más. A mi me daba igual, yo pensaba en el momento. “Luego” ya vendría, y si me aliviaba un par de horas, eso que me llevaba.

 Eran las 11 de la noche, 12 horas después de romper aguas cuando solo había dilatado un cm. ¡Un cm! Tanto dolor para un cm. Creo que nunca se llega a estar totalmente preparada para el parto. Fue entonces cuando me ofrecieron el gas. He de decir que me daba un poco de miedo, y al principio se me olvidaba utilizarlo.

El gas de la risa resultó ser una risa.

Tenía que “tomar” el gas cuando notara que venía contracción. Tenía que coger aire (gas) poco a poco y expulsarlo también poco a poco. Unas tres o cuatro veces por contracción. La teoría era muy fácil, pero la práctica no tanto. ¿Por qué? Tan simple como que cuando no te acuerdas de que tienes el gas, no lo tomas, y si te acuerdas, eso de despacio y tranquilamente se va al traste, porque lo único que quieres es que te alivie, y chillar. 

Solo quieres chillar mientras lloras de dolor. “¿Por qué no te ponen ya la epidural y se acaba tanto dolor y sufrimiento?” Ah, es verdad, no me ponían la epidural porque no había sitio. Me aterrorizaba imaginarme el parto sin epidural, lo cual me provocaba incluso más dolor.

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