lunes, 2 de noviembre de 2015

Crítica social: Los niños reviejos de la tele


No sé qué directivo de cadenas televisivas ha tenido la feliz idea de retomar la moda de los programas con niños como protagonistas, pero basta ya de esta explotación disfrazada de circo que hace de los niños monstruos que aspiran a tener en lugar de a ser, y que entienden la vida desde quien triunfa y quien fracasa.


En periodismo existe el debate de si nos imponen la programación o nos dan lo que el público reclama. Yo creo que es una mezcla, porque si pensara que nos dan lo que pedimos, yo pediría bajarme del mundo sin ambages para no asistir a este espectáculo lamentable del porno corazón y el entretenimiento circense.


Que los niños sean protagonistas de ello me parece deplorable, después de tanta ley del menor. Igual que los programas con mascotas que saben teñir el pelo a su dueño. En realidad es un reflejo exagerado de lo que vemos en la calle: que alguien me diga qué padre/madre no se jacta de las capacidades de su hijo. Si el tuyo va a inglés, el mío va a italiano y francés. Si es tuyo ha sacado un nueve, el mío un nueve con veinticinco. Un “a ver quién la tiene más grande”, vaya. Pero mi pregunta es por qué algunos sólo destacan sus virtudes entre los vecinos y otros deciden exponer a sus hijos ante una cámara.

Estos niños no son niños, señores. Son niños viejos. Si algo admiro de la niñez en general es su inocencia y su capacidad de maravillarse ante las cosas. Esta es, probablemente, la única etapa en la que tengamos estas cualidades, porque en cuanto el niño va creciendo entiende que la vida es una jungla en la que “si te pegan, pega”, y se le empieza a cargar de obligaciones, normas, etiquetas y demás inventos sociales. Así que para qué hacerlo antes de tiempo.

Mi respuesta es que esta exposición viene por frustraciones sin resolver de padres que no han podido ser y quieren que su hijo sea, además de por cuestiones económicas. La moda de los niños adultos no es nueva, así que la culpa de este espectáculo no es de la crisis sino de la mala cabeza de algunos. A mí no me hace ni puñetera gracia un niño cuya cara al bailar habla de un ego más alto que él, o cuyo descaro nos deja sin palabras. Yo a ese niño le diría: “no tengas prisa por ser ni por tener, que todo llega”. Y seguramente ese niño, con su madre resguardándole la espalda, me contestaría: “Y tú qué sabes”. Porque estos niños lo saben todo.

Y es que, qué conocimientos más inútiles les inculcan a estos pequeños viejos. Yo me sentiría orgullosa de que me hijo fuera buena persona, tuviera más o menos claros sus valores, supiera discernir entre lo que está bien y lo que está mal, o aspirara a Ser (sin ninguna profesión detrás). Pero no interesan seres que piensen. Por eso a los adultos que tampoco piensan le divierten este tipo de programas y lejos de apagar la tele o denunciarlo, lo comentan. A mí, en cambio, me dan ganas de llorar.

Y cuando crezcan, ¿qué será de ellos? Probablemente los que hayan digerido mejor la ambición de sus padres, serán políticos, o empresarios o directivos de estos mismos programas pero en otra década. Los que no tengan tanta suerte, serán adultos con un sueño frustrado y una personalidad inestable porque no pudieron ni ser ni tener (que es lo que más importa), además de seres insoportables.

Se me vienen a la cabeza casos como el de Arantxa Sánchez Vicario, gran tenista pero niña amargada emocionalmente, Marisol, Joselito...Todos reclamando un amor que no tuvieron, un espacio donde les dejaran ser lo que debían haber sido: infantes. O películas como Charlie y la fábrica de chocolate (de Tim Burton) en la que afortunadamente triunfa la humildad y la niñez. Les daba yo a los padres de los pequeños artistas una sesión doble de esta película, pero explicándoles el final con un croquis, que sé que les haría falta.

Dejen a los niños ser lo que son. No les moldeen a su imagen y semejanza, no les llenen de prejuicios, dudas, aspiraciones irrealizables. Que su hijo no se sienta superior a los demás porque sale en la tele, porque sabe hacer el pino puente. No sobrecarguen a sus hijos de actividades para aprender y aprender y aprender...permítanles ser. Respeten su necesidad de una vida sencilla donde prime la felicidad y no la pertenencia a nada. No les hagan trabajar desde pequeños. Déjenles respirar. Porque luego nos echamos las manos a la cabeza, nos preguntamos de dónde viene tanta violencia, tanto odio, tanta falta de humanidad...

¿De verdad necesitan una respuesta?

Patricia Mart.
Sexy and Mum

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